De repente, a nuestro silencio, se sumó el de la música del bar. Paró de golpe. Volvió la luz. Todo el mundo abandonó el local. La primera hipótesis fue de cierre. Así, nos dispusimos a hacer una más que honrosa vuelta al hotel. Pero en la calle se cocía algo extraño. Un grupo de gente se arremolinaba en torno a la puerta, taponaba la calle y esperaba. ¿A quién? ¿El qué? Nadie parecía saberlo.
Fue el camarero del bar el que nos sacó de dudas. "Han soltado a un preso", dijo orgulloso. Señaló en la pared su foto, pegada junto a la de otros conocidos miembros de ETA (a mí me sonaban).
Al poco, la calle no sólo se llenó de gente, también de sonidos. Consignas en euskera, gritos, voces... Llegó un hombre. La gente aplaudió. Uno a uno todos ellos fueron a abrazarlo. Miradas, sonrisas, abrazos, alguna lágrima. Un hombre que vuelve a casa. Algo tan emocionante como el retorno a casa después de pasar una temporada en la cárcel, volver a ver a los tuyos. Quizá por "gracia" de este individuo, alguien ya no podrá ver a nadie jamás, pensé para mí. Supongo que a nadie de los que le jaleaban, y que apenas hace media hora conversaban amigablemente conmigo, poco les importaría.
El hombre entró y la vida siguió en el bar como de costumbre. CHINO y yo nos retiramos a dormir. Antes de cerrar los ojos hice una búsqueda en google. Un año en la cárcel por quemar un contenedor. Kale borroka. Una escena pintoresca, cuanto menos...







